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Sergi Santos Hernández (Barcelona, 1978) es científico, nanotecnólogo y creador de Samantha, una muñeca de TPE (termoplástico
elastomero, el material del que están hechas muchas mangueras) que gime
y habla. Importa su cuerpo de China, le mete sensores y altavoces para
que emita reacciones sexuales cuando la tocas y la vende a partir de
3.000 euros en su web.
Sergi fundó la empresa, Synthea Amatus, el pasado 20 de febrero. A principios de marzo, coincidiendo con la inauguración del primer burdel de muñecas de silicona en Barcelona - que a las dos semanas cerró - llamó a los medios para contar su historia.
Los robots repartidores llegan a las calles de Londres. "No paran de quitarme pedidos"
Sergi, Samantha y Maritsa, su mujer, llevan desde entonces recibiendo periodistas interesados de todo el mundo. El modus operandi es el siguiente: un proveedor chino trae los cuerpos y Maritsa ("que no tiene ni idea de ciencia", dice Sergi) pone los sensores para "robotizarlo". No da cifras exactas de venta ("unas diez o así") pero sí describe a sus compradores como "gente inteligente, al día con la tecnología y que tiene 3.000 euros. Tener una mujer sale mucho más caro".

Samantha no es ni la primera ni la única "robot" sexual
El tono de Sergi es desafiante, sus respuestas misóginas y sus muñecas, a las que vende como inteligentes, un producto más dentro del creciente mercado de los robots sexuales –en su mayoría, femeninos–.
"Lo
que actualmente se vende como robots sexuales son muñecas de aspecto
humano con sensores, generación de voz y algunos movimientos, sin casi nada de inteligencia",
señala Miguel A. Salichs, del grupo de investigación Robotics Labs de
la Universidad Carlos III de Madrid. "Hoy por hoy, la tecnología que
tienen es bastante pequeña. Otra cosa es que haya cacharros ligados al sexo, como ha habido siempre, y un mercado que los compra. No hace falta que sean avanzados tecnológicamente".Lo que actualmente se vende como robots sexuales son muñecas de aspecto humano con voz y algunos movimientos, sin casi nada de inteligencia
Es posible que Samantha, la muñeca de Sergi, haya llamado la atención de los medios –sobre todo de tabloides anglosajones– por el momento de lanzamiento (el burdel de muñecas de silicona de Barcelona también dio la vuelta al mundo), por lo accesible y doméstico que es su creador (que los recibe en su casa y permite vídeos y fotos) o por su precio, que queda lejos de los 10.000 euros que rondan las fembots de otras compañías. Porque no es ni la primera ni la única "robot sexual".
True Companion lleva desde 2010 haciendo ruido con Roxxxy, una muñeca a la que presentó como la primera en la Expo AVN de Las Vegas, una importante convención de la industria del porno. Aunque la web sigue en activo y permite reservar muñecas, no hay evidencia de que nadie haya comprado nunca una y, siete años después, su creador afirma estar trabajando en nuevas versiones pero no presenta nuevo material.

Real Doll y True Companion son las empresas más sonadas de una industria en plena carrera por ver quién presenta la muñeca sexual "más robot". Y en éstas se ha colado Sergi, que dice que ahora busca tres millones de inversión para industrializar su producción.

La ilusión de los hombres por dar forma a la mujer perfecta –cuyo físico cumple el canon estético, que acompaña pero no molesta y que nunca dice que no– es muy antigua.
En su libro "My Fair Ladies: Female Robots, Androids and Other Artificial Eves",
Julie Wosk, profesora de Historia del Arte en la State University de
Nueva York, repasa la historia de la literatura, la industria y el cine
desde el mito griego de Pigmalión y Galatea.Pigmalión era un escultor que, "consternado por los defectos del espíritu femenino" esculpió una estatua de marfil a la que llamó Galatea y de la que se enamoró. La historia, contada el poeta romano Ovidio, explica cómo aquella creación artística era superior a una mujer de verdad: su eco y la idea de crear y poseer a una mujer simulada permanece desde entonces en nuestra cultura. "Revela la duradera fantasía masculina", explica Wosk, "de fabricar a la fémina ideal".

El apogeo de esta tradición es la producción de fembots. "Mientras en cine y literatura empieza a haber Galateas creadas por mujeres que toman control de sí mismas [Wosk pone el ejemplo de 'Ruby, la chica de mis sueños', escrita por una mujer], los ingenieros que fabrican robots femeninas las definen con sus ideas de perfección. Hay diferencias culturales en el ideal femenino, pero la fantasía sobre mujeres artificiales permanece", escribe. "Con la creciente sofisticación tecnológica, estos robots son cada vez más reales y acercan a los hombres al paradigma de mujer perfecta".
¿Qué género le ponemos a los robots?
"A Eva se la construye para hacerla compañera del hombre, Adán", añade Galicia Méndez,
feminista experta en robótica con perspectiva de género. "Antes había
una construcción de la mujer ideal mediante el control de la
reproducción. Ese proceso se ha vuelto mucho más tecnológico en el
sentido físico".
En 2005, Kazuhiro Kosuge, un ingeniero de la
Universidad de Tohoku en Japón, presentó a su robot compañera de baile.
Lacada en rosa fucsia, vestida con un voluptuoso vestido y rematada con
unas orejitas de Mickey, la creación de Kosuge conjugaba, para Wosk,
todas las tendencias en desarrollo de robots que veríamos desde
entonces."Durante las primeras décadas del siglo XXI, el campo de la robótica ha sido lento en considerar cuestiones relativas al género de los robots", explica el libro. "Los académicos, especialmente en Corea y Japón, estudian cómo hacer sus fembots aún más realistas, pero no son conscientes de que su investigación queda definida por su actitud respecto a las mujeres".

Ahí van dos ejemplos: en 2008, un grupo de investigadores del MIT se preguntó sobre la influencia de su género en el comportamiento humano. Cogieron un robot humanoide sin género y le metieron voces femeninas o masculinas para pedir a los participantes que donaran dinero a una causa. Cuando la voz era femenina, los hombres estaban más dispuestos a donar que cuando era masculina. A las mujeres, el género de la voz les daba igual.
Cuatro años más tarde, en 2012, dos científicos alemanes hicieron otro experimento: enseñaron a los participantes retratos de robots –unos con el pelo corto y otros con el pelo largo– y les pidieron que hablaran sobre qué tareas podrían hacer. Los robots con el pelo corto (masculinos) fueron percibidos como mejores para tareas técnicas (como arreglar aparatos) y en sus aptitudes matemáticas, mientras que los robots con el pelo largo (femeninos) les encajaban en tareas domésticas, de cuidados y aptitudes verbales. Ahora plantéate por qué Siri, Alexa y "sus amigas" tienen siempre voz de mujer.
"Es un tema muy interesante", reconoce Salichs, de la Universidad Carlos III. "Probablemente no haya una respuesta de qué género es mejor. Dependerá del usuario. Habrá gente que lo prefiera masculino y otra femenino". "El género es un constructo social", recuerda Méndez. "Si necesitamos otorgarles género a los robots, es porque algo pasa".

"El equivalente a una muñeca no es un consolador, es un muñeco", sentencia Méndez. "Hay consoladores masculinos que dan placer y no son un ente social antropomórfico que te habla. Esto mantiene la idea de poder. Lo único que la salva de no ser delito es que las muñecas son objetos".
En contra de las robots sexuales
Kathleen
Richardson es profesora de Ética y Cultura de Robots e Inteligencia
Artificial en la Universidad británica De Monfort y hace dos años lanzó
la mediática Campaña Contra los Robots Sexuales. Su plan era abrir el debate sobre cómo estas muñecas objetifican a mujeres –y a niñas– y refuerzan las relaciones de poder, la desigualdad y la violencia.
"Cuando
lanzamos, íbamos contra la idea de que estos artefactos comerciales
reemplazan las relaciones humanas", recuerda hoy en declaraciones a este
periódico. "De lo que no me di cuenta fue de lo extendida que está la misoginia.
Las mujeres y niñas no son consideradas completamente humanas; si lo
fueran, no habría porno o prostitución. Las robots sexuales son una
nueva iteración de esta misoginia, así que ahora haremos campaña para
que se prohíban".
¿La diferencia entre una prostituta que ejerza su trabajo con libertad y una robot sexual? El consentimiento. Las robots sexuales no están programadas para decir que no. "Todo lo que hace mi muñeca es positivo. Nunca te dirá que no si empiezas por penetrarla", añade el creador de Samantha. "Veo muy ridículo que diga que no".
Así que por mucho que te hablen de robots liberadas, no es verdad. "La ginoide no puede dar su consentimiento ni negarlo", añade Méndez. "Esto no es para gente que quiere un buzz sexual, sino para gente que quiere seguir ejerciendo relaciones de poder que no les compliquen la vida".
¿Piensa alguien en los derechos de las robots sexuales?
El pasado mes de septiembre, Sergi llevó a Samantha a la festival Ars Electrónica de Linz (Austria) y un grupo de hombres la pegó y rompió.
La noticia salió en medios austriacos y de ahí saltó a anglosajones e
incluso españoles, pero su creador le quita hierro: la periodista, dice,
lo sacó para vender un artículo porque a la gente le encanta leer
"violación".
Como son consideradas objetos (y sus inteligencias no
están desarrolladas) todo lo relativo al derecho de las fembots tiene
que ver, de momento, con derechos de imagen y privacidad.
"Una visión más futurista plantea cuestiones sobre entidades autónomas inteligentes", continúa. Por ejemplo: la Unión Europea ya imagina leyes para las máquinas y Estonia trabaja en una ley que dote a robots e inteligencias artificiales de personalidad legal. Sin embargo, "la Unión Europea lo enfoca a instrumentos y herramientas útiles, a vehículos, drones o robots de fábrica y la mayoría de cuestiones giran en torno a la responsabilidad del fabricante", concluye Morell. "No se plantean otras cuestiones para otro tipo de robots. Y también tendría su lógica".
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